Me encanta el mar. La playa. La arena. Las olas. La brisa. ¡Me encantas mar! El olor a sal, el agua salada sobre mi cuerpo, el sonido de las olas al romper en la playa, caminar junto a la orilla y girarme hacia el horizonte, y contemplar la inmensidad mientras pienso, mientras recuerdo, mientras sueño. Me hace sentir a gusto, cómodo, tranquilo, en paz.
Le tengo un profundo cariño, inmenso. ¿Se puede querer al mar? De entre todos los mares del mundo, hay uno que es mi favorito. Para mí es el mejor de todos, tiene las aguas más cristalinas, la arena es fina y no quema cuando le da el sol; y si te paras a escuchar, puedes oír el más dulce sonido que ha inventado la naturaleza. Además, me gusta como habla conmigo, y como me acaricia. Para hablar con el mar me tumbo en la orilla, justo en el límite donde llegan las olas. Sin toalla, solo con mi cuerpo sobre la arena, me gusta así más. Y una vez sobre la arena, cierro los ojos y dejo que el resto de mis sentidos traduzcan las palabras que me traen sus olas a la orilla. Yo le respondo con mis pensamientos, mientras hundo ligeramente mi mano en el agua y cojo de un puñado la arena húmeda con ella. Es como si el mar tuviera manos y pudiera cogérselas, es fantástico. Todo ello mientras espero a que llegue otra ola. No necesitamos otro lenguaje. Entonces empieza a correr una brisa que me acaricia todo el cuerpo y me revuelve el pelo, es genial. Es en ese momento cuando es inevitable que una sonrisa se me dibuje en la cara, incluso que empiece a reír. ¡Me pasaría toda la vida así! Son momentos en los que soy feliz, momentos que de verdad merecen la pena. !Gritaría tu nombre mientras cojo fuerte, muy fuerte, otro puñado de arena! Ojalá pudiera visitar ese mar cuando quisiera, pero no es tan fácil. Porque entonces sería feliz siempre, y dejaría de sentir especiales esos momentos a su orilla. Al menos eso es lo que me dice, porque yo le aseguro que nunca dejarán de ser especiales y que nunca me cansaría de estar ahí.
Cuando pasan unos cuantos instantes, el agua que antes alcanzaba con la mano ya me envuelve casi completamente todo el cuerpo, y empiezo a sentir su profundidad, su frescura, su vitalidad… Empiezo a respirar un poco más rápido y se me acelera el corazón. No han sido unos instantes: !han sido unas horas, toda la tarde! Que rabia, siempre se me pasa el tiempo volando a tu lado. Pronto me tendré que despedir. Intento disfrutar los últimos segundos, e intento desesperadamente exprimir al máximo cada sensación, sacarle el máximo rendimiento a cada sentido, saborear al máximo este mar de sensaciones, el tacto con la arena, la humedad del agua, esta inmensidad que me envuelve… por si a caso no vuelvo a tener la oportunidad de volver.
Mientras me levanto, le echo una última mirada al mar, me deleito con su belleza y su aparente calma y tranquilidad. Y me pregunto si algún día se encontrará furioso y tempestuoso, y si las suaves olas se pueden convertir en destructores tsunamis… y si algún día sus limpias aguas y dulce susurro se pueden convertir en suciedad y silencio. ¡Espero que no! Pensar en eso me aterra, sería fatal. Me hace tanta falta… me es tan imprescindible que me da miedo. No soportaría un mundo en el que no existiera. Decido no pensar en ello, no sirve para nada. Así que me acerco al agua, hundo las manos como si fueran un cuenco y me echo un poco de agua sobre la cabeza. Es la forma que tengo de decirle que siempre está ahí, en mi cabeza, en mis pensamientos, que siempre tendrá un lugar especial en mi mente. "¡Nos vemos pronto!" Le digo mientras avanzo por la arena.
