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jueves, 21 de julio de 2011

Mañana será otro día


Y como otro día cualquiera el sol sale y se esconde, mientras sin prestar atención vamos de aquí para allá con la velocidad de aquel que no pierde el tiempo en disfrutar del paisaje. Y cada día un poco más, nuestra propia existencia se convierte en un calvario de monotonía y rutina que nos engulle hasta lo más profundo de un agujero tan acogedor y cómodo, como aburrido y deprimente. Entonces, un día nos damos cuenta que estamos desperdiciando nuestro tiempo, nuestra vida, y sentimos el impulso impotente del que quiere y no puede… ¿o quizás del que puede y no se atreve?
No podemos dormir, tenemos demasiadas cosas rondando nuestra cabeza. Nos levantamos por la noche y miramos las estrellas por la ventana. Intentamos coger las estrellas con los dedos, e irremediablemente vemos como el cielo se nos escurre entre las manos. Como también se deslizan las frustraciones y la impotencia por sentirse atrapado en una vida que no quieres vivir. Volvemos a la cama con una desilusión y una tristeza que se acentúa con nuestro rostro cansado y desganado. Mañana será otro día.
Vamos por la calle y de repente pasamos delante de un parque en el que hay un anciano sentado en un banco y niños jugando. Observamos unos segundos, distraídos por el agradable contraste que produce la visión de la energía inocente de los que apenas han vivido con la confortable serenidad del que ya lo ha vivido todo. Volvemos a poner la vista al frente mientras por nuestra cabeza surca fugaz un pensamiento que no sabemos descifrar.
Al final, regresamos a casa y nos tumbamos en el sofá. Mientras vemos la tele hacemos un recorrido por nuestros pensamientos y nos vuelve la imagen de los niños y el anciano en el parque. Después de un rato intentando descifrar cuál es la sensación que nos produce esa visión, llegamos a la conclusión de que lo único que necesitamos para afrontar la vida con una sonrisa es solo una motivación, ya sea algo nuevo, distinto o divertido que queramos o vayamos a hacer, o el simple hecho de sentirnos orgullosos y satisfechos por lo que hacemos cada día. Y si no estamos contentos con algo, tenemos toda la vida para cambiarlo. ¡Seguro que cambiar nuestra vida es emocionante! Porque basta pensar que nada dura para siempre y que debemos aprovechar, o al menos gozar de cada segundo porque es único y no se volverá a repetir. Porque ya afrontemos la vida como unos niños que juegan despreocupados o como un anciano tranquilo, la verdad es que la única cosa que necesitamos para empezar a ser felices es sacar de nuestra boca roja una sonrisa, una risa que surque nuestro rostro y que denote el gozo mismo de existir. El gozo de aquel al que le basta con la oportunidad de poder vivir y tener el reto de construir una vida, y no una vida cualquiera, sino la vida más apasionante que pueda imaginar: la suya. Porque para vivir solo hace falta imaginación, objetivos que representen lo que imaginamos y coraje para decidirnos a conseguirlos. Así de fácil y de fantástico. ¡La vida es bella!